Bienvenidos

Solo historias con tu imaginación.
Puedes ser escritas por mí, o tuyas que te gustaría que publicara.
Espero que te guste el blog, y si hay algo que no te guste o que no encaje bien, solo dilo. Me gustan las opiniones de los demás, tanto buenas como malas.

martes, 18 de enero de 2011

Caminos Unidos


-¡Lo siento! Pero todo tiene un fin, y el nuestro ya ha llegado…

Me desperté sobresaltada, y como no… llorando.
Llevaba desde ese día teniendo la misma pesadilla.

-Cualquiera diría que esas eran palabras de mi nov… ex-novio dirigidas hacía mi. Las últimas palabras que me ha dirigido la verdad.
-Dean y yo éramos amigos desde los 4 años. Nos conocimos en PRE-escolar. Y un día con 15 años, me besó. Así sin más.
Lo más normal sería que siendo amigos lo cortara ¿no?
Pues no, me gustó, y se lo devolví. Patético, lo sé. Sobretodo viendo como ha terminado todo.
-Pero lo más patético es estar aquí hablando sola…-tras decir eso me callé y me dirigí a la cocina a por un vaso de agua.

Estábamos de puente, y mañana tenía de nuevo instituto. Lo peor sería que le volvería a ver.
Habíamos… no, cortó conmigo el viernes de la semana pasada. Llevábamos cuatro días sin vernos, y claro, yo sin dormir.

A la mañana siguiente me vestí con el uniforme como siempre y guardé el uniforme de las animadoras en la bolsa.
Me dirigí al coche donde me esperaba mi madre.
Durante el viaje no hablamos nada, solo nos despedimos al llegar al instituto Los Ángeles.
No éramos de estas familias con mucha comunicación oral que se diga.

Miré mi horario para ver que me tocaba. Psicología.
¡Genial! Mi asignatura favorita… Encima llegaba tarde y seguro que me tenía que poner en primera fila. El sitio donde nadie quería ponerse. Delante del profesor.
Llame a la puerta y entré.
Como pensé me tenía que sentar ahí, tome asiento e intenté continuar la clase.

-Como iba diciendo, buenos días-decía el profesor José.- Hoy toca ver en vuestro corazón y abriros para sacar todo lo que no aguantéis llevar solos.
‘’Haber, ¿quién quiere empezar?-como es normal, nadie dijo nada, y el escogió a un ‘’voluntario’’.- ¿Qué tal tú, Dean?

Genial… mi día iba de mal en peor.

-Yo no tengo ningún problema profesor.-Dijo, y suspiré aliviada de que no dijera nada de lo pasado la semana anterior.- El único problema que tenía lo arreglé la semana pasada- añadió.

Me sentó como si mi corazón se helara.
Todos le miraron sin entenderle. Pero él sabía que yo entendería que lo decía por mí. Y a sí era.
No aguante ni un minuto mas estar en esa habitación, así que cogí la mochila de donde la había dejado nada más llegar y me dirigí a la puerta ignorando los gritos del profesor para que volviera a mi asiento.
Encima me ganaría un parte.
Pero no podía dejar que me viera llorar.

Me dirigí hacía el gimnasio, ya que hoy había partido y tendríamos que animar al equipo. Lo peor era que Dean era el capitán del equipo de fútbol.
Me cambié y esperé a que llegaran todas intentando desahogarme antes para que no me vieran.
Cuando llegó la hora del partido, como siempre salimos a animar al equipo.
Nosotras salíamos primero y luego hacíamos pasillo a los jugadores de nuestro instituto.

Dean pasó delante mía sin mirarme, y ya cuando estábamos todos en el campo salió el arbitro, y nosotras empezamos con la coreografía.
Hoy a mí me tocaba ponerme arriba de la pirámide si ganábamos. Nos íbamos turnando.

Íbamos ganando 3-2 y quedaban cinco minutos.
Pero en el último minuto empataron. Ahora tendrían que ganar en los penaltis.
Dean metió dos de tres. Le tocaba al otro equipo y… ¡solo marcaron uno! ¡Habíamos ganado!

Nos tocaba nuestra parte. Hacer la pirámide.
Nos iba genial animando, y la coreografía nos estaba saliendo perfecta.
Me subí arriba de la pirámide y aguantamos mientras todo el mundo vitoreaba a los jugadores que se venían con nosotras a celebrarlo.
Ahora tocaba bajar, yo era la primera. Estaba a punto de dar el salto para dar una voltereta en el aire cuando una de las de debajo de la pirámide recibió un pelotazo en la cara y perdió el equilibrio.
Toda la pirámide se vino abajo, y yo iba a ser la que peor parada saldría ya que estaba arriba del todo.

Todos los chicos se apresuraron a coger a las chicas para que no se hicieran daño.
A mi también me fueron a coger. Pero no llegaron y me di de cara contra el suelo. Aunque el mayor impacto se los llevaron mis brazos y un poco la frente.
Dolía. Y mucho.
Me caía algo caliente desde la frente. Levante un brazo como pude y vi que era sangre.
No la soportaba y si añadimos a eso que estaba adolorida y cansada. Me desmayé.

Me desperté por la mañana.
Estaba en mi cama. Al principio estaba un poco confusa, pero luego cuando me moví todo el dolor se me vino encima, y con ello, los recuerdos.

-Cariño, ya estas despierta-me dijo mi madre desde la puerta con una sonrisa.- ¿Qué tal te encuentras? Nos diste un buen susto cuando apareciste inconsciente en brazos de Dean…-la corté.
-¿Dean?
-Si cariño, Dean-me dijo, y después miró el reloj.- El doctor vino anoche y nos dijo que si te encontrabas mejor podrías ir al instituto. Yo me tengo que ir a trabajar. ¿Te llevo?

Me levante un poco adolorida, pero solo tenia un par de moratones en los brazos y una brecha en la cabeza. Pero podía andar. Así que eche a mi madre de la habitación y me cambié lo más deprisa que pude.
Ya en el instituto, todos se me quedaban mirando, aunque la verdad, no me extrañaba, ya que estábamos en primavera, hacía calor y llevaba una camiseta de manga corta.

Como siempre, llegaba tarde, pero hoy estaban los pasillos llenos de gente para mi suerte…
Miré el reloj. Llegaba ya diez minutos tarde. Eche a correr hacía mi clase de gimnasia. A sí hacía el calentamiento que me estaba perdiendo.
Antes de llegar al gimnasio me choque contra alguien y me caí de espaldas.
Esperaba que alguien se quejara, pero en vez de quejarse el chico vino enseguida a cogerme.
Lo que más me sorprendió fue que en vez de cogerme para levantarme se tiró a mi lado y me dio un efusivo beso. Abrí los ojos y me encontré con unos ojos verde jade que me conocía muy bien.
Dean.

-Lo siento, lo siento, lo siento…-me decía muy triste.- Todo es culpa mía, lo siento…
-¿Dean? ¿Qué, qué sucede?-le pregunté asustada.
-En psicología fui un borde, todo por una maldita mentira de la semana pasada, perdóname por romper contigo. Te amo… Además ayer te caíste porque metí los goles y hicisteis la pirámide y el otro equipo se enfadó…
-Tranquilo Dean, no fue culpa tuya…-le dije. Después le sonreí.- Por cierto… yo también te amo.- Y tras decir eso le di un beso cariñoso al que me respondió enseguida haciéndome olvidar adonde me dirigía.

lunes, 17 de enero de 2011

Vampire Academy

Capítulo 1


Sentí su miedo antes de escuchar sus gritos.
Su pesadilla golpeó, sacándome de mis propios sueños, que habían tenido algo que ver con una playa y algún chico guapísimo aplicándome crema bronceadora. Imágenes –suyas, no mías – se precipitaron a través de mi mente: fuego y sangre, el olor del humo, el metal retorcido de un coche.
Las imágenes me envolvieron, asfixiándome, hasta que alguna parte racional  de mi cerebro me recordó que ése no era mi sueño. 

Me desperté, largos mechones de mi oscuro cabello, se pegaban en mi frente.
Lissa estaba acostada en su cama, retorciéndose y gritando. Salté de la mía y,
rápidamente, crucé los pocos metros que nos separaban.
“Liss,” dije, sacudiéndola. “Liss, despierta”
Sus gritos disminuyeron, siendo sustituidos por suaves quejidos.
-“Andre,” gimió ella. “Oh Dios”
La ayudé a sentarse.
“Liss, ya no estás allí, despierta”
Después de algún tiempo, sus ojos comenzaron a abrirse y, en la débil luz, pude
ver un parpadeo de consciencia que comenzaba a despertarse. Su frenética
respiración disminuyó, y ella se inclinó hacia mí, descansando su cabeza en mi
hombro. Pasé un brazo alrededor suyo y coloqué una mano sobre su pelo.
“Está bien” le dije con cuidado. “Está todo bien”.
“Tuve ese sueño”
“Sí, lo sé”
Permanecimos así sentadas durante varios minutos, sin decir nada más. Cuando sentí que se había calmado, me incliné sobre la mesita que estaba entre nuestras camas y encendí la lámpara. Brilló débilmente, pero ninguna de nosotras necesitaba mucho para ver. Atraído por la luz, nuestro compañero felino, Oscar, se posó encima del alféizar de la ventana abierta.
Se mantuvo a una distancia segura de mí – por alguna razón, a los animales no
les gustan los dhampirs – pero saltó sobre la cama y frotó su cabeza contra Lissa, ronroneando suavemente. Los animales no tenían problemas con los Moroi, y todos ellos amaban a Lissa en particular. Sonriendo, ella rascó su barbilla y sentí que se calmaba aún más.
“¿Cuándo fue la última vez que te alimentaste?” Pregunté estudiando su rostro.
Su piel estaba más pálida que de costumbre. Tenía unas enormes ojeras, y tenía
un aire de debilidad. La escuela había sido agitada esta semana, y no recordaba
la última vez que le había dado sangre. “¿hace como… dos días, verdad?
¿Tres?¿Por qué no dijiste nada?”
Ella se encogió intentando no mirarme a los ojos.
“Estabas ocupada. No quise—”
“¡A la porra con eso!” Dije, cambiando a una posición mejor. No me extrañó que
pareciera tan débil. Oscar, no queriéndome más cerca, se bajó de la cama y
volvió a la ventana donde podría mirarnos desde una distancia segura. “Vamos.
Hagámoslo”
“Rose –“
“Vamos. Te hará sentir mejor”
Incliné la cabeza y aparté mi pelo hacia atrás, dejando mi cuello al descubierto.
La vi vacilar, pero la vista de mi cuello y lo que éste ofrecía resultó ser demasiado tentador. Una expresión hambrienta cruzó su rostro, y sus labios se
separaron ligeramente, exponiendo los colmillos que ella normalmente
mantenía ocultos al estar viviendo entre la gente. Aquellos colmillos
contrastaban de una manera extraña con el resto de sus rasgos. Con su hermosa
cara y su pelo rubio pálido, parecía más un ángel que un vampiro.
Cuando sus dientes se acercaron a mi piel desnuda, sentí mi corazón latir
aceleradamente con una mezcla de miedo y anticipación. Siempre odiaba el
sentimiento que venía después, pero no había nada que pudiese hacer, era una
debilidad de la que no podía librarme.
Sus colmillos me mordieron, con fuerza, y lloré en la breve explosión de dolor.
Entonces desapareció, sustituyéndose por un maravilloso y excelente placer que se extendió por mi cuerpo. Era mejor que cualquiera de las veces que me había emborrachado. Mejor que el sexo – o eso es lo que me imaginé, ya que nunca lo había hecho. Era una manta de puro y refinado placer, que me envolví y me prometía que todo iría bien en el mundo. Las sustancias químicas en su saliva provocaron una descarga de endorfina, y perdí la noción del mundo, perdí la noción de quien yo era.
Entonces, lamentablemente, todo terminó. Ocurrió en menos de un minuto.
Ella se apartó, limpiándose los labios con el dorso de la mano mientras me
observaba.
“¿Estás bien?”
“Yo… Sí.” Me acosté en la cama, mareada por la pérdida de sangre. “Sólo
necesito dormir un poco. Estoy bien.”
Sus ojos, de un color verde jade pálido, me miraron con preocupación. Entonces se puso de pie.
“Voy a buscarte algo de comer”
Mis protestas llegaron tarde a mis labios, y ella ya se había marchado antes de
que pudiera decir nada. El zumbido que provocaba el mordisco disminuyó en
cuanto ella rompió la conexión, pero aún quedaba una pequeña presencia en
mis venas y sentí que una tonta sonrisilla me cruzaba los labios. Giré la cabeza y mire a Óscar que permanecía sentado en la ventana.
“No sabes lo que te estás perdiendo” Le dije.
Su atención se centraba en algo que había fuera. Estaba agazapado y erizó su
pelo negro. Su cola se movía nerviosamente.
Mi sonrisa se desvaneció y me obligué a levantarme. El mundo dio un giro y
decidí esperar a que se pusiera derecho antes de intentar levantarme. Cuando lo logré, el mareo regresó y esta vez se negó a desaparecer. Aún así me sentí lo
suficientemente bien como para dar un traspié hasta la ventana y mirar fuera
junto a Óscar.
Él me lanzó una mirada cautelosa, que apenas duró unos segundos, y luego
volvió a centrarse en aquello que había llamado su atención.
Una cálida brisa, – anormalmente caliente para Portland, – jugó con mi pelo
cuando me asomé. La calle estaba oscura y relativamente tranquila. Eran las tres de la mañana, la única hora en la cual el campus universitario se tranquilizaba, al menos un poco. La casa en la que habíamos alquilado una habitación durante los últimos ocho meses estaba situada en una calle residencial junto a otras viejas casas con las que no armonizaban. Al otro lado de la carretera, una farola parpadeaba, casi a punto de apagarse, pero aún emitía suficiente luz como para dejarme ver las formas de coches y de los edificios. Podía distinguir la silueta de los árboles y arbustos de nuestro viejo patio.
Y a un hombre mirándome.
Me estremecí ante la sorpresa. Una figura estaba parada ante un árbol en el
patio, a unos diez metros de distancia, donde se le podía ver claramente a través de la ventana.
Estaba lo suficientemente cerca como para que, probablemente, si hubiera
lanzado algo le hubiera golpeado. Tan cerca que podría haber visto lo que Lissa
y yo acabábamos de hacer.
Las sombras lo cubrían tan bien que incluso con mi visión mejorada no podía
ver ninguno de sus rasgos, excepto su altura. Era alto. Realmente alto. Estuvo
allí parado un momento, dejándose ver apenas, y luego dio un paso atrás
despareciendo bajo las oscuras sombras de los árboles del otro lado del lejano
jardín. Estuve muy segura de haber visto alguien más acercarse para reunirse con él antes de que ambos fuesen tragados por la negrura.
Quienes quieran que fuesen esas figuras, a Óscar no le gustaron. Sin contarme a
mí, a él solía caerle bien la mayoría de la gente, mostrándose molesto sólo
cuando esa gente representaba un peligro inminente. El tipo de allí fuera no
había hecho nada que amenazase a Óscar, sin embargo el gato sintió algo, algo
que le puso en alerta.
Algo parecido a lo que siempre sentía por mí.
Un temor frío me atravesó y casi, – aunque no completamente, – consiguió hacer desaparecer la sensación de felicidad del mordisco de Lissa. Me aparté de la ventana, me vestí con unos tejanos que encontré en el suelo y que debían
haberse caído durante el proceso. Después de vestirme, cogí mi abrigo y el de
Lissa junto con nuestras carteras. Me puse en los pies los primeros zapatos que
vi y salí por la puerta.
La encontré en el piso de abajo, en la aglomerada cocina, hurgando en la nevera, uno de nuestros compañeros de habitación, Jeremy, estaba sentado en la mesa, tenía una mano sobre la frente mientras miraba tristemente el libro de cálculo.
Lissa me miró con sorpresa.
“No deberías estar levantada.”
“Tenemos que irnos. Ahora.”
Sus ojos se abrieron y un segundo después lo comprendió. “¿Estás…hablando
en serio? ¿Estás segura?”
Asentí. No podía explicarlo cómo lo sabía con certeza, simplemente lo sabía.
Jeremy nos miró con curiosidad.
“¿Qué sucede?”
Una idea surgió en mi mente. “Liss, consigue las llaves de su coche.”
Él nos miró a una y a otra alternativamente. “¿Qué vas –?”
Lissa caminó hacia él sin vacilar. Su temor se deslizó dentro de mí a través de los lazos psíquicos que habíamos establecido, pero había algo más también: Su fe absoluta en que me ocuparía de todo, en que estaríamos seguras. Como siempre, esperé ser digna de esa confianza.
Ella sonrió ampliamente y lo miró fijamente a sus ojos. Por un momento, justo al principio, Jeremy se mostró confuso, entonces vi al esclavo apoderarse de él. Sus ojos se volvieron cristalinos, contemplándola con adoración.
“Necesitamos que nos prestes tu coche” dijo Lissa en tono suave. “¿Dónde están
las llaves?”
Él sonrió, y yo me estremecí. Tenía una alta resistencia a la coacción, pero podía sentir claramente sus efectos cuando iban dirigidos a otra persona. Esto más la experiencia de toda mi vida me había enseñado que usarlo estaba mal. Jeremy buscó en un bolsillo y le entregó un juego de llaves que colgaban de un largo llavero rojo.
“Gracias” Dijo Lissa. “¿Dónde está aparcado?”
“Calle abajo” contestó distraídamente. “En la esquina con Brown. A cuatro
manzanas.”
“Gracias.” Repitió ella volviéndose. “En cuanto nos hayamos ido quiero que
sigas estudiando. Olvida que nos has visto esta noche”
Él asintió atentamente. Tuve la impresión de que incluso saltaría de un
acantilado si ella se lo hubiera pedido. Todos los humanos son susceptibles a la
coacción, pero Jeremy aún parecía más débil que la mayoría. Lo cual nos
benefició en ese momento.
“Vamos” le dije a Lissa. “Tenemos que irnos”
Salimos en dirección a la esquina que nos había indicado. Yo aún estaba
mareada por el mordisco y continuaba tropezando, incapaz de moverme tan
rápido como quería. Lissa tuvo que sujetarme un par de veces para evitar que
cayera. Continuamente, la ansiedad que había en su mente me invadía. Intenté
ignorarla lo mejor que pude, pues también tenía mis propios miedos con los que lidiar.
“Rose… ¿Qué vamos a hacer si nos atrapan?” Susurró.
“No lo harán” Repuse con fiereza. “No se lo permitiré”
“Pero si nos encuentran –
“Ya nos encontraron antes y no pudieron cogernos. Simplemente iremos en
coche hasta la estación de tren y de allí a Los Ángeles. Nos perderán la pista.”
Hice que pareciese simple. Siempre lo hacía, aunque no hubiera nada simple en
huir de las personas con las que habíamos crecido. Llevábamos haciéndolo dos
años, escondiéndonos dónde podíamos e intentando terminar el instituto.
Nuestro último año acababa de comenzar, y vivir en un campus universitario
parecía seguro. Estábamos tan cerca de la libertad.
Ella no dijo nada más, y sentí cómo aumentaba su fe en mí. Así había sido
siempre entre nosotras. Yo era la que tomaba las riendas de la acción, quién se
aseguraba de que las cosas sucediesen, – a pesar de que algunas veces lo hacía
de forma imprudente. Ella era la más razonable, la que pensaba las cosas y las
analizaba profundamente antes de actuar. Ambos estilos tenían sus ventajas,
pero por el momento, la imprudencia se imponía. No teníamos tiempo para
vacilaciones.
Lissa y yo habíamos sido las mejores amigas desde el jardín de infancia, cuando
nuestro profesor nos emparejó juntas en las lecciones para aprender a escribir.
Obligar a un niño de cinco años a deletrear Vasilisa Dragomir y Rosemarie
Hathaway va más allá de la simple crueldad, y nosotras, – o mejor dicho, yo, –
respondí a ello apropiadamente. Arrojé el libro a nuestro profesor y le llamé
bastardo fascista. No sabía lo que significaban aquellas palabras, pero aprendí
cómo se acierta a un blanco móvil.
Lissa y yo habíamos sido inseparables desde entonces.
“¿Oyes eso?” preguntó de pronto.
Me llevó unos segundos reconocer lo que sus agudizados sentidos ya habían
oído. Pasos, moviéndose rápidamente. Hice una mueca. Aún nos quedaban dos
manzanas más por recorrer.
“Tenemos que correr” dije cogiéndola del brazo.
“Pero no puedes – ”
“Corre”
Puse toda mi voluntad para no desmayarme sobre la acera. Mi cuerpo se negaba
a correr después de perder sangre o mientras aún estuviese metabolizando los
efectos de su saliva. Pero ordené a mis músculos que dejasen de fastidiar y se
pegasen a Lissa mientras nuestros pies golpeaban sobre el asfalto.
Normalmente yo podría haber corrido con ella sin ningún esfuerzo extra –
especialmente por que ella estaba descalza –, pero esta noche ella era todo lo que me mantenía derecha.
Los pasos de nuestros perseguidores se escuchaban más fuertes, más cercanos.
Estrellas negras bailaban ante mis ojos. Delante de nosotras pude distinguir el
Honda verde de Jeremy. Oh Dios, si pudiéramos simplemente alcanzarlo –.
A tres metros del coche, un hombre se interpuso en nuestro camino. Nos
detuvimos bruscamente, y tiré de Lissa hacia atrás. Era él, el tipo que había visto a través de la calle mirándome.
Él era más mayor que nosotras, quizá unos veinti-pocos, y tan alto como me
había figurado, probablemente de unos dos metros. En otras circunstancias, –
digamos cuando no estuviera obstruyendo nuestra desesperada huida, – habría
pensado que él era atractivo. Pelo marrón a la altura de los hombros, sujetado en una corta cola de caballo. Ojos marrón oscuro. Un abrigo largo y marrón, – un guardapolvo, creo que se llama así.
Pero ahora era irrelevante lo bueno que estuviera. Él sólo era un obstáculo que
nos mantenía a mí y a Lissa lejos del coche y de nuestra libertad. Los pasos de
detrás de nosotros disminuyeron, y supe que nuestros perseguidores nos habían atrapado. En los costados, detecté más movimiento, más gente acercándose.
Dios. Ellos habían enviado por lo menos a una docena de guardias para
recuperarnos. No lo podía creer. Ni siquiera la reina viajaba con tantos.
Presa del pánico, y no con el completo control de mi razonamiento, actué por
instinto. Me presioné contra Lissa, manteniéndola detrás de mí y lejos del
hombre que parecía ser el líder.
“Dejadla en paz” gruñí. “No la toquéis!”
Su semblante era ilegible, pero levantó sus manos en lo que aparentaba ser
algún tipo de gesto calmante, como si yo fuera un animal rabioso al que el
trataba de sedar.
“No voy a –“
Dio un paso al frente. Acercándose más.
Lo ataqué, saltando en una maniobra ofensiva que no había usado en dos años,
no desde que Lissa y yo huimos. La maniobra fue estúpida, otra acción que
había nacido del miedo y el instinto. Y fue inútil. Él era un guardia habilidoso,
no era un novato que aún no había completado su entrenamiento. Tampoco era
débil o estaba a punto de morir.
Y hombre, él era más rápido. Había olvidado lo rápidos que los guardias podían
ser, como se podían mover y golpear como cobras. Me bloqueó en pleno vuelo
y, con sus manos, me golpeó y me envió hacía atrás. No creo que él hubiera
querido golpearme tan fuerte, – probablemente sólo quería mantenerme alejada – pero, debido a mi falta de coordinación en mi habilidad para responder, fui
incapaz de erguirme. Comencé a caer, directamente hacia la acera, apuntando
con la cadera. Iba a doler. Mucho.
Sólo que no llegó a suceder.
Tan rápido como me bloqueó, el hombre me alcanzó y agarró mi brazo,
poniéndome de pie.
Cuando me sostuve por mí misma, noté que me estaba observando – o mejor
dicho, mi cuello.
Todavía desorientada, no lo entendí de inmediato. Luego, lentamente, mi mano
libre alcanzó el costado de mi garganta y toqué suavemente la herida que Lissa
me había hecho antes. Cuando quité mis dedos, observé mi piel manchada con
oscura sangre. Avergonzada, revolví mi cabello para que me cayera por delante
de la cara. Era espeso y largo y me cubría el cuello por completo. Lo había
dejado crecer precisamente por ese motivo.
Los oscuros ojos del hombre se mantuvieron en el ahora escondido mordisco y
luego se encontraron con los míos. Le devolví una mirada desafiante y
rápidamente me deshice de su agarre. Me dejó ir, aunque sabía que él me podría haber detenido toda la noche si lo hubiera querido. Luchando con el
nauseabundo mareo, me acerqué nuevamente a Lissa, preparándome para otro
ataque. De repente, su mano tomó la mía.
“Rose” dijo en voz baja.”No”
Al principio sus palabras no tuvieron ningún efecto en mí, pero gradualmente
pensamientos tranquilizantes empezaron a instalarse en mi mente, viniendo a
través de nuestra conexión. No fue exactamente coacción, – ella no hubiera
usado eso en mí, – pero fue efectivo, como fue el hecho de que éramos
superadas en número y en nivel.
Incluso yo sabía que luchar sería inútil. La tensión dejó mi cuerpo, y sucumbí
ante la derrota.
Sintiendo mi resignación, el hombre se acercó, poniendo su atención en Lissa. Su cara estaba tranquila. Él le dedicó una reverencia y logró parecer grácil al
hacerlo, lo que me sorprendió considerando su altura.
“Mi nombre es Dimitri Belikov.” Dijo. Pude oír un pequeño acento ruso.
“He venido para llevarla de vuelta a la Academia St. Vladimir, princesa.”

sábado, 15 de enero de 2011

Internado Las Sombras

Capítulo 1


Esa noche me acosté malhumorada.
Acababa de discutir con mis padres por que querían mandarme al Internado Las
Sombras. Nunca había oído hablar de ese internado, y el nombre tampoco es que me
agradara mucho.
La discusión fue porque me negué rotundamente ir a ese sitio, y ellos me contestaron
que no tenía elección.
Ahora mismo no tengo ninguna respuesta ya que no me dijeron nada aparte de que iba
a ir y punto. ¿Por qué tengo que ir? No lo sé. ¿Por qué justo ahora y no antes? No lo sé.
¿Por qué es una obligación y no tengo elección? No lo sé. ¿Por qué es tan importante?
Tampoco lo sé.
Ya que supuestamente voy a ir, podrían haberme dado alguna explicación. Pero no… e
de ahí mi malhumor.
Con todo eso en mi cabeza me quedé dormida hasta que mis padres me despertaron
desde su habitación gritándome que me levantara deprisa.
No sabía que pasaba, pero me hice una idea cuando salí al pasillo y vi las llamas.
Mis padres me llamaban desde su habitación, allí la puerta estaba completamente en
llamas y no podían salir.
Me entró el pánico.
‘’Vale, respira’’ me dije ‘’No te desconcentres de tu tarea principal: apagar las llamas de 
la puerta’’
Y me puse a ello, lo malo es que todo estaba ardiendo ahora y era difícil encontrar algo 
para apagar las llamas.
Ignoraba los gritos de mis padres instándome a que saliera mientras podía, y corrí al 
cuarto de baño en busca de algo para transportar agua hasta la puerta.

-¡Sí!- murmuré cuando encontré un barreño.
Rápidamente lo llené de agua en la bañera, pero de camino de nuevo a la habitación 
una viga se desprendió y me dio en la cabeza.
-¡Ay!- pude decir antes de caer en la inconsciencia.
Cuando recuperé la consciencia, antes de abrir los ojos me di cuenta de que seguía 
viva, solo con un dolor en la cabeza y nada más. ‘’Que raro’’ pensé.
Entonces al recordar que no había llegado a apagar las llamas de la habitación de mis
padres, abrí los ojos y me levanté intentando reconocer donde me hallaba.

-Buenos días- murmuró una chica que estaba a mi izquierda poniéndome una bandeja
de comida en la mesa. -¿Cómo te encuentras?
-¿Y mis padres?- pregunté ansiosa -¿donde están? ¿Qué les sucedió?
A la chica se le cambió la cara, ‘’lo que me va a decir no me va a gustar’’ me dije
interiormente.
-Lo siento…- dijo muy triste sin poder mirarme a los ojos. –Cuando los bomberos
y las ambulancias llegaron ya era muy tarde… Ni siquiera pueden explicarse como
pudiste
sobrevivir entre todas esas llamas.

Yo normalmente soy una chica dura, pero sus palabras me destrozaron. Sin poder
evitarlo las lágrimas empezaron a resbalar por mis mejillas sin control.
La chica me dijo algo de que ahora volvía, yo no la escuche la verdad. Solo tenía ahora
mismo pensamiento para una cosa.
Muertos. Mis padres estaban muertos.
Unos sollozos incontrolables empezaron a apoderarse de mí. Y sin haberme enterado
si quiera de qué hubiera entrado, mi mejor amigo Stefan estaba abrazándome.
Me di cuenta de que en ese momento era él el único que me quedaba cercano a mí, y
eso me hizo llorar más.
Él sabiendo que necesitaba desahogarme se tumbo conmigo en la cama y me abrazo
por largo rato hasta que se me calmaron un poco los sollozos.

-Stefan…- murmuré al cabo de un rato.
Nadie me contesto así que me gire para poder verle la cara ya que estaba apoyada en
su pecho.
Al verle, sonreí, ya que se había quedado dormido abrazado a mí.
En ese momento volvió a entrar la chica.
-Hola, ¿qué tal te encuentras?- preguntó.
Hice una mueca y me encogí de hombros.
-Bueno… comparado con… mis… padres- inspiré profundamente- Supongo que genial.
Pero… una pregunta.
-Dime- dijo en bajito ya que acababa de darse cuenta de que Stefan dormía.
-¿A qué te referías cuando antes dijiste que nadie se explicaba como es que estaba
viva?
-La verdad es que yo no tengo muchos detalles… pero según me han contado, la casa
estaba completamente en llamas cuando los bomberos llegaron, y no se esperaban a
nade con vida, pero cuando entraron, tu estabas ahí, caída en medio del pasillo pero
con vida y sin quemaduras.
-Que raro- dije pensando lo que me había dicho. ¿Cómo las llamas no me tocaron?-
Bueno, pues gracias por contármelo. ¿Cómo es tu nombre?
-Sophia- me dijo sonriendo.
-Elena- la respondí con otra sonrisa.

Stefan se estaba despertando cuando terminamos de hablar. Me caía bien esa chica.
Parecía que solo tenía unos años más que yo.
Sophia me dijo que después volvía y que nos dejaba solos para que hablásemos y se
fue.

-Eh, Stefan- le dije a la vez que le sacudía para que se despertara del todo.-
¡Despierta, dormilón!
-Cinco minutitos más… - me dice. Puse una sonrisa triste al recordar que eso siempre
se lo decía a mis padres cuando nos despertaban por las mañanas los días que el se
quedaba a dormir en mi casa. Le di un golpe en el brazo.- ¿Qué?
-Solo soy yo… Stefan… ¿Quién te llamo diciendo que estaba aquí? Si… ya nadie me
queda para avisar de lo que me pasa…
Stefan abrazándome me dice:
-Elena, todavía me tienes aquí y te prometo que no voy a dejarte nunca. Me dijeron
unas enfermeras que no dejabas de repetir mi nombre y supusieron que me conocías.

Me sonroje. ¿Yo repetía su nombre?
La verdad es que Stefan y yo somos amigos desde la guardería, pero últimamente
cuando le miro me entran ganas de ir a mas que amigos con él. Pero por mucha
confianza que tienes con alguien. ¿Cómo le dices que te estas enamorando de él sin
saber si él siente lo mismo?
Entonces me di cuenta de que si se lo dijeron las enfermeras es que el ya debería estar
en el hospital.

-Stefan… ¿cómo que te lo dijeron las enfermeras? ¿Ya estabas tú aquí cuando yo
llegue? ¿No estabas con tus padres dando una vuelta en barco?
-Verás Elena…- me dijo mientras se le llenaban los ojos de lágrimas pero cerró los ojos
y suspiro para poder controlarlas.- Yo ya estaba aquí porque… hemos tenido un
accidente y el barco empezó a hundirse anoche mientras dormíamos… no nos dimos
cuenta… y cuando me desperté me dijeron que me habían encontrado en el fondo del
río, y que era un milagro que siguiera vivo después de haber estado tanto tiempo
debajo del agua…
-Y… ¿tus padres?- pregunté muy asustada de lo que pudiera decirme.
-Ellos… su puerta estaba atascada… su habitación se inundó igual que la mía… pero
ellos… no… sobrevivieron- terminó la frase en un sollozó ya que tampoco podía 
controlar sus lágrimas como yo hace un rato.
                                                    
La verdad es que yo tampoco estaba mejor, ya que sus padres eran como mi segunda
familia y me daba mucha pena que Stefan también la haya perdido. Lo extraño es que
fuera la misma noche donde los perdimos los dos.
Nos tiramos largo rato de nuevo llorando y yo ahora apretándole fuerte como para
darle consuelo ya que no podía hablar.

Al cabo de un rato volvió a hablar:
-Elena… ¿te dijeron algo tus padres sobre el Internado Las Sombras?
-¿Qué…? ¿Cómo sabes tu eso? –pregunté asombrada.
-Pues… verás… no se lo que te contaron ellos sobre el Internado, pero al ver como
estas de sorprendida de que saliste intacta del incendio creo que no te contaron mucho.
-Stefan, ¿de que hablas?
-Elena… el Internado Las Sombras no es un internado como los demás, es un
internado para adolescentes diferentes. Cómo tu y yo. Shhh, calla y te explico- me
dijo cuando vio que iba a decirle algo.- A lo que me refiero es que ese Internado es
diferente porque en el nos enseñan a controlar nuestros poderes. Tú y yo tenemos
poderes.
-Stefan… ¿te diste un golpe o te afecto algo a la cabeza mientras estabas en el agua?
– le dije al estar muy sorprendida de lo que me estaba diciendo.
-No, Elena, lo que te estoy diciendo es enserio. ¿Cómo te crees que saliste intacta del
fuego estando rodeada de llamas? ¿O como te crees que yo aguante 2 horas bajo el
agua y salir vivo?
>>Tú tienes el poder de controlar el fuego, y yo de controlar el agua. Por eso estamos
vivos, y por eso vamos a ir al Internado Las Sombras. ¿Lo entiendes?

No le respondí, no podía. Mis pensamientos seguían en una frase que me había dicho.
‘’…ese Internado es diferente porque en el nos enseñan a controlar nuestros poderes.
Tú y yo tenemos poderes…’’.

-Haber Elena, necesito que lo entiendas. Ya se que suena todo a locura. Pero créeme.
Dentro de un mes tenemos que estar ya en ese Internado, y si vas siendo una ignorante
sobre todo lo que pasa a tu alrededor y sobre tus poderes, allí para el resto de los
estudiantes no vas a ser nadie. Y no me gustaría que te pasara eso, a si que ahora
escucha y luego pregunta.
>>Como te iba diciendo, tienes poderes. En ese Internado todos los que asisten tienen
control sobre 1 de los 4 elementos. Agua, aire, tierra y fuego.
En él nos ayudan a manejar nuestros poderes y nos sueltan la charla sobre que solo
se utilizan para el bien. Allí nos quedaremos los 9 meses que son de las clases, pero
luego seguramente tendremos que quedarnos hasta que nos digan nuestros tutores
que estamos preparados.
>>Según me contaron mis padres antes de… morir… -respiró hondo- allí a cada alumno
se le asigna una persona, nuestro tutor, que nos enseña a controlarnos, a prepararnos
para lo que os espera en la vida,…
>>¿Alguna pregunta?

Me quedé pensando en todo lo que me estaba diciendo y asimilándolo.

-¿Por qué nosotros somos diferentes y tenemos poderes? Mis padres no tenían
poderes ni nada de eso. – le dije al final.
-Elena… si tenían poderes, al igual que los míos. ¿Quiénes te crees que fueron los que
nos apuntaron al Internado?
-Pero… mm… -no sabía que decir, me había pillado totalmente desprevenida.- Si tenían
poderes, ¿por qué nunca note nada? ¿Por qué no me lo contaron?
-No lo sé… a mi me lo dijeron hace unos años, pero de que tu también tenias poderes
me enteré hace un rato cuando supe lo del incendio.

A partir de ahí estuvimos hablando largo rato sobre todo lo que tenía que ver sobre el
Internado, hasta que volvió a entrar Sophia.

-Siento interrumpir –dijo.- Pero tienes que volver a tu habitación ya Stefan, tienen que
hacerte algunas pruebas respecto a tu accidente para ver si tienes algo serio.
-Pero… yo no quiero que se vaya- dije.- ¿No puede trasladarse aquí a mi habitación?

Sophia tras darnos una larga mirada a ambos, y al ver que yo le suplicaba con la mirada
que aceptase. Creo que se dio cuenta de mis sentimientos por Stefan.

-Esta bien- aceptó.- Pero tienes que hacerte las pruebas Stefan y aquí no te las pueden
hacer tienes que ir a la sala de los scanner. –le dijo a Stefan, luego me miró a mí.- A ti
tengo que hacerte las pruebas yo, para confirmar que estas bien.
-Vale – Stefan me miró, me sonrió como despedida y salió por la puerta.

Antes de darme cuenta me estaba sonrojando.

-Yo no soy quien para meterme en vuestros asuntos… pero… creo que si te gusta
tanto deberías lanzarte – me dijo Sophia.
-¿Qué? – dije poniéndome más roja.- A mi Stefan no me gusta… solo somos buenos
amigos…
-Ya… - me dijo sonriendo.- Bueno veamos cómo estas.
-Sophia… ¿si estamos bien los dos, cuando nos daríais el alta?
-Mañana por la mañana seguramente, y esta noche dormiríais en la misma habitación,
pero como solo sois buenos amigos no te importará que pase cada hora para
comprobar que estáis bien ¿verdad? – me dijo con picardía.
-No… claro… - la dije, aunque pensaba que si no pasaba en toda la noche, mejor.

Cuando terminó de revisarme y comprobar que todo estaba bien, llegó Stefan diciendo
que tampoco tenía nada.

-Bueno, entonces mañana ya podréis iros. –Dijo Sophia.- Buenas noches.
-Buenas noches – dijimos a la vez Stefan y yo.

Estuvimos un rato en silencio.
Estaba cansada pero no podía dormirme, y al parecer, Stefan tampoco.
Al cabo de unos minutos, empecé yo la conversación:

-Stefan…-le dije, sin saber como continuar la frase.
-¿Qué?-me dijo un poco brusco.
-Primero… ¿qué te pasa?-le pregunté, ya que no sabía porque estaba con ese tono
conmigo.
-Nada Elena, solo somos dos bichos raros sin padres y a punto de empezar una nueva
vida teniendo ya 16 años.

Me pensé sus palabras un minuto para comprenderlas bien, y me di cuenta que tenía
toda la razón del mundo. Pero por eso no había que desanimarse ¿no?
Me levanté de mi cama y fui hasta la suya.

-¿Puedo dormir contigo?-mi voz sonó como si estuviera a punto de llorar y no me
había dado cuenta. Sus palabras me habían afectado aunque no lo reconociera en alto.
-Elena… lo siento-dijo cuando ya llevábamos un rato mirando al techo en la misma
cama.- Se me fue la cabeza, un bajón por todo lo que nos vino encima.

Me giré y le abracé por dos motivos, uno necesitaba consuelo, y dos para darle a
entender que no pasaba nada, que le entendía.
-Stefan, no pasa nada, lo comprendo todo. Aunque no deberías disculparte por tus
palabras, por una parte tenías razón, aunque seamos ‘’dos bichos raros’’ –dije esto
último con mucho sarcasmo, con el propósito de sacarle la sonrisa que salió de sus
labios- no tenemos que desanimarnos. Estamos juntos en esto ¿no?-le dije ya muy
seriamente.
-Claro-me dijo apretándome fuerte contra su pecho.- Siempre.-Me prometió.

Estaba muy a gusto así con él. Me gustaría haber pasado toda la noche así, aunque
claro, si nos pillaban así seguramente nos regañaran porque supuestamente hasta
mañana somos enfermos…
A si que le dí las buenas noches, y me dirigí hacia mi cama, donde me dormí nada mas
tocar la almohada.
Y… claro está, soñé con Stefan, ya que todavía recordaba sus suaves palabras contra
mi oído, su gran abrazó contra él y su olor… me intoxico con ese olor, ya que creo
que no podría vivir sin él…